Agnus Dei, Francisco de Zurbarán

Agnus Dei, Francisco de Zurbarán

Friday, March 31, 2017

¿Por qué le decimos “padre” al sacerdote si supuestamente la Biblia lo prohíbe?

Esta es una pregunta muy típica de la tía evangélica en la reunión familiar o de la señora –no católica– que nos encontramos en el asiento del bus, y aun así, muchos católicos encuentran dificultad en responder.

Referirse al sacerdote como “padre” ha sido una práctica de la Iglesia desde los primeros siglos del Cristianismo. San Pablo, por ejemplo, se refiere a sí mismo como un “padre” para los Corintios a través del Evangelio que les predicó (1 Cor 4,15).

El contexto

“Pero vosotros no os hagáis llamar rabbi, porque uno solo es vuestro Maestro, y todos vosotros sois hermanos. Ni llaméis padre a nadie sobre la tierra, porque uno solo es vuestro Padre, el que está en los cielos” (Mt. 23, 8-9).

Cuando Jesús nos pide no llamar “padre” a nadie, está criticando el uso impropio del ejercicio de la autoridad por los escribas y fariseos (que gustaban de usar estos títulos para sentirse por encima de los demás).

Jesucristo está recordándoles a aquellos que tienen un puesto de autoridad, que el liderazgo no se encuentra en la dominación sino en el servicio, y justamente el servicio es el corazón del sacerdocio. Es decir que, cuando llamamos “padre” a nuestros sacerdotes, estamos reconociendo su rol de guías espirituales, al servicio de hacernos crecer y madurar como hijos de nuestro único Padre que está en los cielos.

Podemos ver claramente que Jesucristo no está criticando el título en sí mismo, sino a quienes buscan estos títulos como una forma de ponerse por encima de los demás.

La Iglesia está muy de acuerdo con esta crítica –faltaba más–. Estaría pésimamente mal que un sacerdote utilice su puesto de autoridad para su propio beneficio, y que aun así puede suceder (pues somos pecadores y hay de todo en la viña del Señor), sin embargo, no es este el común de los sacerdotes ni mucho menos la regla universal.

Es evidente que esta interpretación no me la he inventado ni es nueva en absoluto… es la interpretación milenaria que la Iglesia ha recibido de los Apóstoles. Sin embargo, no es así la realidad de los protestantes, que a partir de Lutero gustan de hacer interpretaciones personales de las Escrituras.

El pretexto

Algunas veces, cuando esta pregunta sale a discusión, muchos piensan que los católicos jamás hemos leído el pasaje antes citado, donde Cristo dice explícitamente que no llamemos “padre” a nadie. Sin embargo, no es el caso. La Iglesia está muy al tanto de estas palabras de Jesús, y aun así los sacerdotes católicos han sido llamados “padres” desde los primeros siglos sin ningún inconveniente. ¿Cuál es el problema? ¿La Iglesia se está haciendo de la vista gorda con este versículo?

Es importante señalar que dentro del mismo pasaje nos pide no llamar a nadie “maestro”, pero por alguna razón misteriosa a nadie parece molestarle que hayamos pasado años de escuela llamando “maestro” a otros. Además, si vamos a tomar la cita al pie de la letra, pues entonces no sé cómo hacen los protestantes para dirigirse a sus padres… ¿”progenitor”?

Es evidente que Cristo no está pidiendo un simple cambio universal de “padre” y “maestro” por “progenitor” e “instructor” ¡No! Cristo no está pidiendo un simple cambio de sinónimos, sino que debemos ir a una visión más profunda de lo que el Señor quiso expresar. Creo que ha quedado bastante claro: el verdadero sentido de la autoridad.

Entonces...

Cuando llamamos a un sacerdote “padre”, estamos reconociendo el hecho de que, a través de la autoridad dada por Cristo, ellos comparten el trabajo de guiar y sostener la vida espiritual de los fieles. No toman el puesto de Dios. De hecho, su trabajo es guiarnos y apoyarnos en nuestra madurez espiritual como hijos de Dios, pues al final, tanto ellos como nosotros clamamos al cielo y juntos decimos: “Padre nuestro que estás en el Cielo…”

Autor: Steven Neira

Tuesday, February 21, 2017

«Para dirigir en el camino de la santidad hace falta ya tener un camino recorrido para ser ayuda y no freno», por el P. Bohigues

El Servicio de Información Católica de la la Comisión Episcopal de Medios de Comunicación Social de la Conferencia Episcopal Española (CEE), entrevista al P. Santiago Bohigues Fernández, director del secretariado de la Comisión Episcopal del Clero de la CEE. El sacerdote aborda la tarea de los directores espirituales que ayudan a los fieles a andar en santidad.

Santiago Bohigues Fernández es el director del secretariado de la Comisión Episcopal del Clero que se encarga de la formación y acompañamiento de los sacerdotes una vez ordenados. Muchos sacerdotes son directores espirituales para el acompañamiento de los fieles que lo soliciten, en definitiva están ahí para «dar buen consejo al que lo necesita».

Le entrevistamos para que explique cómo se tiene que formar un sacerdote para esta tarea y si se utilizan las nuevas herramientas de comunicación en esta dirección espiritual.

Muchos católicos, tienen a su lado un director espiritual al que acuden para que éste les oriente en su vida espiritual y les dé consejo… ¿Es algo necesario en la vida del cristiano tener este tipo de acompañamiento?

Toda persona es en relación con los demás; no somos encerrándonos en nosotros mismos, somos dándonos y entregándonos a los demás. El director espiritual es un acompañante en nuestro peregrinar por la vida, para poder vivir intensamente desde una razón iluminada por la fe. Vivir con un corazón abierto y entregado no es obra humana, es obra del Espíritu Santo. El gran enemigo de la vida espiritual es el autoengaño, por eso es conveniente la ayuda de alguien más maduro en el arte del discernimiento espiritual para no equivocarme.

Dar buen consejo al que lo necesita es precisamente una parte importante del director espiritual… ¿Se debería enseñar en las catequesis a los niños el papel del director espiritual?

El sacerdote que está llamado a ser un buen acompañante espiritual debe ser un hombre de sabiduría humana y cristiana, con sentido común y de profunda vida interior. Ciertamente en la catequesis ayudaría enseñar el arte de distinguir las mociones interiores, las buenas para seguirlas y las malas para rechazarlas. La debilidad humana pide la ayuda de buenos acompañantes en la vida espiritual.

Usted coordina, entre otras cosas, la formación para el clero. ¿Hay formación específica para ser director espiritual? ¿Qué características tiene que tener un sacerdote para ser director espiritual? ¿La dirección espiritual conlleva tener formación, experiencia y por lo tanto más edad?

La Comisión Episcopal del Clero lleva bastantes años organizando cursos de dirección espiritual dirigida a sacerdotes; estos cursos normalmente los imparten padres jesuitas. Al sacerdote encargado de este ministerio se le pide madurez humana, intelectual, espiritual y pastoral. Para acompañar y dirigir en el camino de la santidad hace falta ya tener un camino recorrido para ser ayuda y no freno.

Existen diferentes niveles en el arte de la dirección espiritual: el simple consejo, la conversación edificante, la entrevista… Para ser director espiritual se ha tenido que ser dirigido espiritual. ¿Cómo se aprender a respirar? Respirando; ¿cómo se aprende a nadar? Nadando; ¿cómo se aprende a acompañar? Acompañando y dejándose acompañar. Es verdad, que la experiencia y los cursos de formación pueden ayudar.

En este Año de la Misericordia la dirección espiritual puede ser fundamental… ¿antes quizás de pasar por la confesión?

Lo primero es el bien de la persona: la acogida, la escucha, el dar importancia y valor a cada uno y eso es dirección espiritual. En la presencia del Señor, el hombre experimenta desde la humildad, su debilidad y pecado. Ante la esclavitud del mal, Jesucristo me ofrece la libertad de su amor. Todo hombre necesita, desde la misericordia, el perdón de Dios. La confesión es un sacramento de liberación ante la culpa de nuestras faltas.

¿El director espiritual tiene que ser necesariamente un sacerdote?

Es conveniente aunque no necesario. Toda persona más madura que yo puede acompañarme en la vida espiritual, aunque solamente el sacerdote después de una entrevista me puede confesar.

Con el avance de las redes sociales y otros medios de comunicación, ¿se podría plantear la dirección espiritual a través de estos medios?

Son diferentes niveles de dirección. Es mejor el cara a cara, porque existe una información no verbal que ayuda mucho para entender y ahondar en los diferentes asuntos y problemas, aunque también los consejos espirituales se pueden dar por los medios de comunicación social.

No “Padre”, sino “Don”, por Don Guillermo Juan Morado

No deja de ser una tontería este post. No tiene la menor importancia lo que voy a decir. Pero, a pesar de todo, noto que se emplea cada vez más para referirse a un sacerdote secular – como es mi caso – el tratamiento de “padre”, en lugar del tratamiento, más tradicional entre nosotros – hablo de España – , de “don”.

Es verdad que yo soy del siglo pasado – el XX - , pero jamás he tratado de “padre” a mi párroco, o a mis profesores del Seminario, salvo que fuesen religiosos; es decir, que hubiesen profesado en alguna Orden: Agustinos, Carmelitas, Jesuitas, etc.

Desconozco el motivo por el cual a los sacerdotes de una Orden religiosa se les trata de “padres”. Quizá sea para distinguir entre “padres” – los que han recibido el sacramento del Orden – y “hermanos” – aquellos que, habiendo profesado en esa Orden, no han recibido la Ordenación sacerdotal - .

Pero, a los curas seculares, se nos ha tratado de “don”, no de “padre”. Para ser más exactos, de “Reverendo Señor Don”. O, si uno es canónigo, se le llama: “Muy Ilustre Señor Don”. Y hasta a los obispos y arzobispos: “Excelentísimo Señor Don”. O a los cardenales: “Eminentísimo Señor Don”.

Creo que la generalización del tratamiento de “padre” a todos los sacerdotes debe de provenir de los Estados Unidos. Ahí hablar de “father” equivale, sin más, a referirse a un sacerdote. Eso es habitual en América – incluso en la América hispana - , o en los países de habla inglesa, no aquí, en esta patria nuestra.

Ya digo que es un tema menor. Hay una paternidad espiritual de los sacerdotes, es cierto. No está mal que nos llamen “padres”, pero, no obstante, sigo prefiriendo el título de “don”. Un sacerdote secular no es un religioso. No ha hecho votos. No ha salido del mundo, sino que está en medio de él. Como sacerdote, sin duda, pero también como parte del “siglo”, en lo que en el “siglo” no equivale a alejamiento de Dios.

Estamos en el mundo, no hemos dejado el mundo, aunque no debemos ser mundanos. Ya ha pasado a la historia, eso creo, una especie de complejo de inferioridad del cura secular ante el sacerdote religioso. Casi como, si para ser personas espirituales, hubiese que profesar en una Orden. O para ser intelectuales.

Eso se ha acabado. Los religiosos – y los sacerdotes religiosos – son un bien enorme para la Iglesia. Todos, los que hemos recibido el sacramento del Orden, somos sacerdotes. Pero no me disgusta que me llamen “don” en vez de “padre”, aunque este último tratamiento no me moleste.

En el Ejército no se hacían esas diferencias. Al cura le llamaban “páter”, sin más matices.

Al principio del ejercicio de mi ministerio, alguna personas, ya muy mayores, me llamaban “señor abad”. Me encantaba. Era una especie de tributo a lo que el monacato aportó a la evangelización de Galicia.

Repito, es un post en tono menor, un “divertimento”. Sin mayor trascedencia. Pero, al cura, si no es religioso, se le trata de “don”. Y, cuanto menos tuteos, mejor. No está de más, nunca, el usted. ¡Será que soy del siglo XX !

Sobre el autor:
P. Guillermo Juan Morado es sacerdote diocesano. Doctor en Teología por la PUG de Roma y Licenciado en Filosofía.

El papa Francisco explica las características que deben tener los sacerdotes

El Papa presidió esta mañana en la Plaza de San Pedro la Misa por la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús y del Jubileo de los Sacerdotes. Durante 3 días, este evento reunió a más de 6.000 presbíteros y seminaristas en Roma.

El papa Francisco explicó que «el corazón del Buen Pastor nos dice que su amor no tiene límites, no se cansa y nunca se da por vencido». En él vemos su continua entrega sin algún confín; en él encontramos la fuente del amor dulce y fiel, que deja libre y nos hace libres; en él volvemos cada vez a descubrir que Jesús nos ama ‘hasta el extremo’, sin imponerse nunca.

«El corazón del Buen Pastor está inclinado hacia nosotros, ‘polarizado’ especialmente en el que está lejano; allí apunta tenazmente la aguja de su brújula, allí revela la debilidad de un amor particular, porque desea llegar a todos y no perder a nadie».

A lo largo de la homilía, el Pontífice pidió a los sacerdotes que se hagan a menudo la pregunta «¿A dónde se orienta mi corazón?, ¿En dónde se fija mi corazón, a dónde apunta, cuál es el tesoro que busca?».

En respuesta a las dos preguntas, aseguró que «los tesoros irremplazables del Corazón de Jesús son dos: el Padre y nosotros».

«Para ayudar a nuestro corazón a que tenga el fuego de la caridad de Jesús, el Buen Pastor, podemos ejercitarnos en asumir en nosotros tres formas de actuar que nos sugieren las lecturas de hoy: buscar, incluir y alegrarse», aconsejó.

Buscar, incluir, alegrarse

El Papa recordó que Dios va en busca de la oveja perdida «sin dejarse atemorizar por los riesgos; se aventura sin titubear más allá de los lugares de pasto y fuera de las horas de trabajo».

«No aplaza la búsqueda, no piensa: ‘Hoy ya he cumplido con mi deber, me ocuparé mañana’, sino que se pone de inmediato manos a la obra; su corazón está inquieto hasta que encuentra esa oveja perdida. Y, cuando la encuentra, olvida la fatiga y se la carga sobre sus hombros todo contento».

El corazón que busca, por tanto, «no privatiza los tiempos y espacios, no es celoso de su legítima tranquilidad, y nunca pretende que no lo molesten». «¡Ay de los pastores que privatizan su ministerio!», exclamó.

Pero además, «el pastor, según el corazón de Dios, no defiende su propia comodidad, no se preocupa de proteger su buen nombre, sino que, por el contrario, sin temor a las críticas, está dispuesto a arriesgar con tal de imitar a su Señor».

Francisco también señaló que el pastor es «un buen Samaritano en busca de quien tiene necesidad». «Es un pastor, no un inspector de la grey, y se dedica a la misión no al cincuenta o sesenta por ciento, sino con todo su ser», afirmó.

El Pontífice explicó también que el pastor debe arriesgarse y «no se queda parado después de las desilusiones ni se rinde ante las dificultades; en efecto, es obstinado en el bien, ungido por la divina obstinación de que nadie se extravíe».

«No sólo tiene la puerta abierta, sino que sale en busca de quien no quiere entrar por ella» y «como todo buen cristiano, y como ejemplo para cada cristiano, siempre está en salida de sí mismo», dijo.

«El epicentro de su corazón está fuera de él: no es atraído por su yo, sino por el tú de Dios y por el nosotros de los hombres».

Respecto a «incluir», el Sumo Pontífice recordó que Cristo «no es un jefe temido por las ovejas, sino el pastor que camina con ellas y las llama por su nombre. Y quiere reunir a las ovejas que todavía no están con él».

«Ninguno está excluido de su corazón, de su oración y de su sonrisa. Con mirada amorosa y corazón de padre, acoge, incluye, y, cuando debe corregir, siempre es para acercar; no desprecia a nadie, sino que está dispuesto a ensuciarse las manos por todos».

Es un «Ministro de la comunión, que celebra y vive, no pretende los saludos y felicitaciones de los otros, sino que es el primero en ofrecer mano, desechando cotilleos, juicios y venenos. Escucha con paciencia los problemas y acompaña los pasos de las personas, prodigando el perdón divino con generosa compasión. No regaña a quien abandona o equivoca el camino, sino que siempre está dispuesto para reinsertar y recomponer los litigios».

Por último, el Santo Padre explicó que el pastor debe «alegrarse». «Su alegría nace del perdón, de la vida que se restaura, del hijo que vuelve a respirar el aire de casa. La alegría de Jesús, el Buen Pastor, no es una alegría para sí mismo, sino para los demás y con los demás, la verdadera alegría del amor».
El sacerdote «es transformado por la misericordia que, a su vez, ofrece de manera gratuita». «Para él, la tristeza no es lo normal, sino sólo pasajera; la dureza le es ajena, porque es pastor según el corazón suave de Dios», destacó.

Friday, December 9, 2016

Humanidad, espiritualidad y discernimiento, cualidades que deben demostrar los futuros sacerdotes

Humanidad, espiritualidad y discernimiento. Éstas son las calidades que deben demostrar los futuros sacerdotes, de acuerdo con las nuevas normas para su formación promulgadas hoy por el Vaticano.

Según ha explicado el cardenal Beniamino Stella en una entrevista en L'Osservatore Romano, el nuevo documento busca superar a la "rigidez" en los seminaristas que puede conducir a una visión "burocrática" del sagrado ministerio.

Esta nueva guía completa de formación -promulgada bajo el nombre "El Don de la vocación presbiteral", pero más formalmente conocido como la Ratio Fundamentalis Institutionis Sacerdotalis- actualiza una anterior versión de hace treinta años.

Veto al sacerdocio de las personas homosexuales

Aunque continúa con el veto al sacerdocio de las personas homosexuales, especificado por la Iglesia católica por primera vez en 2005, hace una excepción para las "tendencias homosexuales que sean únicamente la expresión de un problema transitorio como, por ejemplo, el de una adolescencia todavía no terminada".

Afectividad madura, serena, libre, casta y fiel al celibato

El documento asimismo recuerda la necesidad de una "imposición voluntaria de la continencia". Sería "gravemente imprudente admitir al sacramento de la orden a un seminarista que no haya alcanzado una afectividad madura, serena y libre, casta y fiel al celibato", escribe el decreto, mientras que los futuros párrocos también necesitarán comprender "la realidad femenina".

Revolución digital

La guía aborda, no obstante, numerosos otros temas, como por ejemplo la revolución digital. "Es necesario observar la prudencia que se impone en cuanto a los riesgos inevitables de la frecuentación del mundo digital, incluyendo las diferentes formas de dependencia que se puedan tratar por medios espirituales y psicológicos adecuados", recoge la directiva.

Al mismo tiempo, "será oportuno que las redes sociales formen parte de la vida cotidiana del seminario", agrega. Pues conviene aprovechar "las posibilidades de las nuevas relaciones interpersonales, de encuentro con los demás, de confrontación con el prójimo y de testimonio de la fe", según el Vaticano, muy activo en las redes sociales.

Entrevista al Prefecto de la Congregación para el Clero, el cardenal Beniamino Stella
L'Osservatore Romano, 7 de diciembre de 2016

En la Solemnidad de la Inmaculada Concepción, la Congregación para el Clero promulga la nueva Ratio Fundamentalis Institutionis Sacerdotalis, un instrumento para la formación de los presbíteros. ¿Por qué es necesario un nuevo documento para los futuros sacerdotes y cuáles han sido las líneas inspiradoras en la preparación del texto?

La última Ratio Fundamentalis se remonta a 1970, si bien fue actualizada en 1985. Desde entonces, como sabemos, bajo el efecto de la rápida evolución a la que el mundo actual está sometido, han cambiado los contextos históricos, socioculturales y eclesiales en los que el sacerdote está llamado a encarnar la misión de Cristo y de la Iglesia, no sin provocar significativos cambios relativos a otros aspectos: la imagen o la visión del sacerdote, las necesidades espirituales del Pueblo de Dios, los desafíos de la nueva evangelización, los lenguajes de la comunicación y otros muchos. Nos ha parecido que la formación de los sacerdotes tenía la necesidad de ser promovida, renovada y colocada en el centro; hemos sido animados e iluminados por el Magisterio del Papa Francisco: con la espiritualidad y la profecía que distinguen su palabra, el Santo Padre se ha dirigido a menudo a los sacerdotes, recordándoles que un presbítero no es un funcionario, es un pastor ungido para el Pueblo de Dios, con el corazón compasivo y misericordioso de Cristo por las muchedumbres cansadas y agobiadas. La palabra y las exhortaciones del Santo Padre, algunas referidas a las tentaciones ligadas al dinero, al ejercicio autoritario del poder, a la rigidez legalista o a la vanagloria, nos muestran como el cuidado de los sacerdotes y de su formación es un aspecto fundamental en la acción eclesial de este Pontificado y así deberá serlo, de forma creciente, para cada Obispo y cada Iglesia local.

Friday, April 22, 2016

El cristiano es en Cristo sacerdote y víctima, por San Pedro Crisólogo

San Pedro Crisólogo (380-450), Obispo de Rávena, Italia, uno de los Padres de la Iglesia latina, Doctor de la Iglesia, fue llamado Crisólogo (palabra de oro), como San Juan Crisóstomo (349-407), también Obispo, Padre y Doctor de la Iglesia, que fue llamado Crisóstomo (boca de oro).

Sus Sermones –se conservan 725– se difundieron por toda la Iglesia de Occidente. Combatió las herejías de su tiempo, arrianismo, nestorianismo, monofisismo, y predicó el esplendor de la verdad católica con una elocuencia contemplativa admirable.

* * *

El cristiano es en Cristo sacerdote y víctima: (Sermón 108 de San Pedro Crisólogo)

Os exhorto, por la misericordia de Dios, nos dice San Pablo [Rm 12,1]. Él nos exhorta, o mejor dicho, Dios nos exhorta, por medio de él. El Señor se presenta como quien ruega, porque prefiere ser amado que temido, y le agrada más mostrarse como Padre que aparecer como Señor. Dios, pues, suplica por misericordia para no tener que castigar con rigor.

Escucha cómo suplica el Señor: «Mirad y contemplad en mí vuestro mismo cuerpo, vuestros miembros, vuestras entrañas, vuestros huesos, vuestra sangre. Y si ante lo que es propio de Dios teméis, ¿por qué no amáis al contemplar lo que es de vuestra misma naturaleza? Si teméis a Dios como Señor ¿por qué no acudís a él como Padre?

«Pero quizá sea la inmensidad de mi Pasión, cuyos responsables fuisteis vosotros, lo que os confunde. No temáis. Esta cruz no es mi aguijón, sino el aguijón de la muerte. Estos clavos no me infligen dolor, lo que hacen es acrecentar en mí el amor por vosotros. Estas llagas no provocan mis gemidos, lo que hacen es introduciros más en mis entrañas. Mi cuerpo al ser extendido en la cruz os acoge con un seno más dilatado, pero no aumenta mi sufrimiento. Mi sangre no es para mí una pérdida, sino el pago de vuestro precio.

«Venid, pues, retornad y comprobaréis que soy un padre, que devuelvo bien por mal, amor por injurias, inmensa caridad como paga de las muchas heridas».

Pero escuchemos ya lo que nos dice el Apóstol: Os exhorto a presentar vuestros cuerpos. Al rogar así el Apóstol eleva a todos los hombres a la dignidad del sacerdocio: a presentar vuestros cuerpos como hostia viva.

¡Oh inaudita riqueza del sacerdocio cristiano: el hombre es, a la vez, sacerdote y víctima! El cristiano ya no tiene que buscar fuera de sí la ofrenda que debe inmolar a Dios: lleva consigo y en sí mismo lo que va a sacrificar a Dios. Tanto la víctima como el sacerdote permanecen intactos: la víctima sacrificada sigue viviendo, y el sacerdote que presenta el sacrificio no podría matar esta víctima.

Misterioso sacrificio en que el cuerpo es ofrecido sin inmolación del cuerpo, y la sangre se ofrece sin derramamiento de sangre. Os exhorto, por la misericordia de Dios, a presentar vuestros cuerpos como hostia viva.

Este sacrificio, hermanos, es como una imagen del de Cristo que, permaneciendo vivo, inmoló su cuerpo por la vida del mundo: él hizo efectivamente de su cuerpo una hostia viva, porque a pesar de haber sido muerto, continúa viviendo. En un sacrificio como éste, la muerte tuvo su parte, pero la víctima permaneció viva; la muerte resultó castigada, la víctima, en cambio, no perdió la vida. Así también, para los mártires, la muerte fue un nacimiento: su fin, un principio, al ajusticiarlos encontraron la vida y, cuando, en la tierra, los hombres pensaban que habían muerto, empezaron a brillar resplandecientes en el cielo.

Os exhorto, por la misericordia de Dios, a presentar vuestros cuerpos como una hostia viva. Es lo mismo que ya había dicho el profeta: Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, pero me has preparado un cuerpo [Heb 10,5; Sal 39,7].

Hombre, procura, pues, ser tú mismo el sacrificio y el sacerdote de Dios. No desprecies lo que el poder de Dios te ha dado y concedido. Revístete con la túnica de la santidad, que la castidad sea tu ceñidor, que Cristo sea el casco de tu cabeza, que la cruz defienda tu frente, que en tu pecho more el conocimiento de los misterios de Dios, que tú oración arda conti-nuamente, como perfume de incienso: toma en tus manos la espada del Espíritu: haz de tu corazón un altar, y así, afianzado en Dios, presenta tu cuerpo al Señor como sacrificio.

Dios quiere tu fe, no desea tu muerte; tiene sed de tu entrega, no de tu sangre; se aplaca, no con tu muerte, sino con tu buena voluntad.

Tuesday, January 26, 2016

"Si un sacerdote elige ser una persona normal será un sacerdote mediocre, o algo peor", papa Francisco


El Papa ha arremetido contra la "mediocridad" de los sacerdotes que se conforman con una vida "normal" que buscan su propio placer y pierden el interés hacia los demás, durante una audiencia con superiores y estudiantes del Pontificio seminario lombardo.

"A menudo aparece una tentación en el camino que debe ser rechazada: la de la normalidad, de un pastor al que le basta una vida "normal". Entonces este sacerdote comienza a conformarse con recibir alguna atención, juzga el ministerio con base en sus logros y se abandona a la búsqueda de lo que le gusta, llegando a ser frío y sin un verdadero interés en los demás", ha criticado Francisco.

"Si un sacerdote elige ser una persona normal, que será un sacerdote mediocre, o algo peor", ha agregado en su discurso ante los miembros del instituto eclesiástico que acoge a sacerdotes de todo el mundo que han sido enviados a especializarse en Roma en alguna de las Universidades pontificias.

Así, les ha pedido que elijan una vida "sencilla" que se aleje de las superficialidades y de la "mundanidad". Para ello, les ha dicho que lo importante es "la comunión genuina con el Señor y con los demás".

Igualmente, ha evidenciado la necesidad de usar ante los fieles un lenguaje sencillo y les ha conminado a no convertirse "en predicadores de doctrinas complejas".

Por otro lado, les ha invitado a tener una relación asidua con su obispo. El Papa ha advertido de que si no se tiene una relación "frecuente con el obispo", el obispo "se aísla" y su "fecundidad disminuye".

Así, les ha dicho que los conocimientos adquiridos de las distintas disciplinas no tienen un fin en sí mismo, sino que "deben ser implementados en la conversación de la oración y encuentro real con gente".

Por ello, ha recalcado que no supone ningún beneficio formarse de manera "segregada" y ha explicado que "la oración y la cultura" son piedras que construyen un "único edificio". "Los sacerdotes de hoy y de mañana deben ser hombres espirituales y pastores de misericordia", ha concluido.

Fuente: religiondigital.com

Sunday, February 15, 2015

El hábito no hace al monje, pero lo distingue, por José Luis Rubio


Hace poco lancé a las redes sociales una propuesta a debatir sobre la conveniencia y/o utilidad de que los sacerdotes y religiosos se distingan por su forma de vestir, con el hábito propio de la orden, la sotana, el clériman (o clergyman) o una simple camisa con alzacuellos aunque sea con vaqueros y zapatillas deportivas.

Me preguntaba si el hecho de llevarlos de forma habitual era de cara a alguien (para Dios, para sí mismo, para los demás) o si debiera ser conveniente cuando se dirigiese a su parroquia o quehaceres pastorales pero que fuese de particular si el sacerdote iba al supermercado o al cine.

Personalmente diré que soy partidario de que así lo lleven de forma permanente, aunque igualmente soy partidario de que se haga de forma libre por convicción o siguiendo un consejo o recomendación que por una ley, pero bueno, doctores tiene la Iglesia. Tampoco soy partidario de las órdenes o asociaciones que visten de clériman aunque sólo seas seminarista o hermano lego (¿se dice así?) y si me apuras con cierto reparo a los diáconos... doctores tiene la Iglesia.

Cuento muchas veces una anécdota al respecto. Un sacerdote religioso amigo mio en la JM J de Madrid 2011 caminaba por la calle vestido de particular con un grupo de jóvenes (es de los que nunca viste de clériman ni de hábito) y de frente venía un joven con su traje y alzacuellos. En eso se le acercó una chica y le pidió que le confesara a lo que el otro respondió que no podía hacerlo, que no era sacerdote. Esto es, la joven que buscaba un cura vio a uno vestido de forma que creyó que lo era pero no, y tampoco pudo pedirle confesión a mi amigo que sí que era sacerdote pues no iba distinguido como tal.

Otra anécdota que aportó una de las intervinientes también me gustó mucho: Un sacerdote iba de viaje en autobús vestido de clériman, su compañera de asiento le miraba mucho y en cierto momento le dijo -Padre, ¿a usted le importaría que habláramos y me confesara?, porque llevo tiempo que no lo hago y no sé si este viaje y sentarme a su lado es un aviso de Dios- y él la ayudó y se convenció de que si hubiera ido de particular esa persona hubiera hecho una locura y Dios lo impidió y desde entonces no ha vuelto a vestirse sin el clériman, pues eso le demostró que era la forma de identificarlo como sacerdote y que eso para él es un orgullo, aunque a veces le hayan hecho burlas por ello”

La propuesta generó varias opiniones en todos los sentidos, que me gustaría reflejar aquí, así como mis reflexiones al respecto:

.- Conozco excelentes y entregados sacerdotes que no llevan clériman. Personalmente no le veo importancia, lo importante va bajo la piel.

Este comentario y otros similares me resultan chocantes. De hecho en ningún momento planteé si es más importante para un sacerdote un comportamiento correcto o una vestimenta determinada, por que me pareció obvio, planteé la conveniencia de la vestimenta, pero parece que que siempre nos sale la vena “maniquea” de “lo importante es que sean buenos, lo demás da igual”. Irónicamente me saldría preguntar ¿Y qué pasa, que los sacerdotes excelentes dejarán de serlo y se convertirán en pésimos si se ponen alzacuellos? ¿Lo importante debe ser el interior sólo para los sacerdotes? ¿Acaso el interior no debe ser importante también para el resto de fieles o incluso para el resto de la humanidad aunque sean ateos o de otras religiones?

.- Deben vestir como tales porque es su obligación. Porque se debe distinguir en todo momento quien es y para quien trabaja. Yo lamento los que no lo usan. Hay demasiados religiosos/as que se visten como todo el mundo y es una pena.

Desconozco si esto es así, ciertamente la Congregación para el Clero así lo indica (246 y 247 del directorio para los presbíteros) aunque no sé si esto es de obligado cumplimiento o si deberá ser el obispo del lugar el que determine las normas concretas al respecto.

.- “Sea vuestro uniforme la compasión, bondad, humildad, mansedumbre y paciencia” (Col 3,12)

Esta cita de san Pablo me entristeció mucho puesto que la anotaba un sacerdote. Me explico, San Pablo no está hablando a los consagrados, sino a todos los fieles cristianos, por lo que identificar lo que es una recomendación para toda la Iglesia como si fuera una instrucción para una mínima parte de ella me pareció una muestra del clericalismo que tanto combate el Papa Francisco. La Iglesia somos todos los bautizados, no sólo los curas, leches.

.- Pues nada, bomberos, policías, enfermeros, médicos, cuando vayan al cine, o al teatro, o a misa, no se quiten el uniforme, puede que alguien que les necesite les reconozca por sus vestimentas y así pueda pedirles ayuda.

Esta observación me gustó mucho por lo original y divertida, aunque naturalmente había que advertir dos importantísimas diferencias con respecto a los consagrados. Por un lado estos profesionales siempre llevan su uniforme cuando están de trabajo, no es algo que decide cada uno, un bombero no decide si lleva uniforme o va de particular cuando tiene que apagar un fuego. Por otro lado son profesiones que están sujetas a un horario laboral, a diferencia de los curas que son, por su propia vocación, servidores a tiempo total.

.- Dime en la Palabra de Dios dónde justifica el traje que hay que llevar, porque humanamente todo es opinable. Que cada uno vista como quiera, pues el hábito no hace al monje. Recordemos las palabras de Filipenses 2, 7-8: .. Cristo... pasando por uno de tantos y actuando como un hombre cualquiera...

Esta frase también la dijo un sacerdote. Me extrañó el argumento, ya que lo de “¿Dónde pone eso en la Biblia?” es más propio de los hermanos separados que de los católicos. También pensar que la Biblia pueda dar instrucciones de cómo debieran vestir los consagrados a un servicio que prácticamente no existía aún no tenía ningún sentido, pero por seguir el argumento bíblico las Sagradas Escrituras sí que hablan de la obediencia y de someterse a la guía de los superiores y las instrucciones al respecto son claras (repito, desconozco con que nivel impositivo, pero personalmente no es lo que me preocupa)... pero bueno, allá cada uno. Lo de la referencia a Cristo para extraer conclusiones particulares y exclusivas con respecto al clero me vuelve a chirriar.

.- Si la vestimenta es lo de menos, espero que si alguien vez tiene que ir a una entrevista de trabajo lo haga disfrazada de Pokemon.

Divertida y simpática la frase y creo que suficientemente oportuna para la idea que defiende.

.- "El hábito no hace al monje" y lo importante para ser bien cura está en el interior", ok. Pero eso no significa que las realidades internas no deban estar acompañadas de signos externos adecuados. Somos animales rituales, simbólicos: a toda realidad, por profunda que sea, le colocamos un signo externo. Es más, cuanto mas profunda es una realidad, más rígido y profuso es el símbolo usado. En ese sentido, el cura que viste con el traje eclesiástico al que le obliga el Derecho (porque es obligatorio), exterioriza una realidad interna muy rica. El que no lo hace, rompe con una tendencia natural al hombre como es simbolizar las realidades internas con un símbolo externo. Por buen cura que sea (nota: ¿por "buen cura" que entendemos?). Es como para darle vueltas.

Interesante reflexión de un estudiante laico de teología.

Bueno, supongo que opiniones habrá para todos los gustos. Curiosamente no salió ninguna al respecto de la importancia del traje eclesiástico para el propio sacerdote, como arma ante sus propias debilidades, recuerdo permanente de su propia misión o ayuda para no cometer escándalo, por ejemplo, y ese también sería un tema interesante... quizá en otro momento.

Fuente: religionenlibertad.com

Wednesday, December 17, 2014

CATECISMO: Resumen, nn. 1590-1600

Resumen

1590 San Pablo dice a su discípulo Timoteo: "Te recomiendo que reavives el carisma de Dios que está en ti por la imposición de mis manos" (2 Tm 1,6), y "si alguno aspira al cargo de obispo, desea una noble función" (1 Tm 3,1). A Tito decía: "El motivo de haberte dejado en Creta, fue para que acabaras de organizar lo que faltaba y establecieras presbíteros en cada ciudad, como yo te ordené" (Tt 1,5).

1591 La Iglesia entera es un pueblo sacerdotal. Por el Bautismo, todos los fieles participan del sacerdocio de Cristo. Esta participación se llama "sacerdocio común de los fieles". A partir de este sacerdocio y al servicio del mismo existe otra participación en la misión de Cristo: la del ministerio conferido por el sacramento del Orden, cuya tarea es servir en nombre y en la representación de Cristo-Cabeza en medio de la comunidad.

1592 El sacerdocio ministerial difiere esencialmente del sacerdocio común de los fieles porque confiere un poder sagrado para el servicio de los fieles. Los ministros ordenados ejercen su servicio en el pueblo de Dios mediante la enseñanza (munus docendi), el culto divino (munus liturgicum) y por el gobierno pastoral (munus regendi).

1593 Desde los orígenes, el ministerio ordenado fue conferido y ejercido en tres grados: el de los obispos, el de los presbíteros y el de los diáconos. Los ministerios conferidos por la ordenación son insustituibles para la estructura orgánica de la Iglesia: sin el obispo, los presbíteros y los diácono s no se puede hablar de Iglesia (cf. San Ignacio de Antioquía, Epistula ad Trallianos 3,1).

1594 El obispo recibe la plenitud del sacramento del Orden que lo incorpora al Colegio episcopal y hace de él la cabeza visible de la Iglesia particular que le es confiada. Los obispos, en cuanto sucesores de los Apóstoles y miembros del Colegio, participan en la responsabilidad apostólica y en la misión de toda la Iglesia bajo la autoridad del Papa, sucesor de san Pedro.

1595 Los presbíteros están unidos a los obispos en la dignidad sacerdotal y al mismo tiempo dependen de ellos en el ejercicio de sus funciones pastorales; son llamados a ser cooperadores diligentes de los obispos; forman en torno a su obispo el presbiterio que asume con él la responsabilidad de la Iglesia particular. Reciben del obispo el cuidado de una comunidad parroquial o de una función eclesial determinada.

1596 Los diáconos son ministros ordenados para las tareas de servicio de la Iglesia; no reciben el sacerdocio ministerial, pero la ordenación les confiere funciones importantes en el ministerio de la palabra, del culto divino, del gobierno pastoral y del servicio de la caridad, tareas que deben cumplir bajo la autoridad pastoral de su obispo.

1597 El sacramento del Orden es conferido por la imposición de las manos seguida de una oración consecratoria solemne que pide a Dios para el ordenando las gracias del Espíritu Santo requeridas para su ministerio. La ordenación imprime un carácter sacramental indeleble.

1598 La Iglesia confiere el sacramento del Orden únicamente a varones (viri) bautizados, cuyas aptitudes para el ejercicio del ministerio han sido debidamente reconocidas. A la autoridad de la Iglesia corresponde la responsabilidad y el derecho de llamar a uno a recibir la ordenación.

1599 En la Iglesia latina, el sacramento del Orden para el presbiterado sólo es conferido ordinariamente a candidatos que están dispuestos a abrazar libremente el celibato y que manifiestan públicamente su voluntad de guardarlo por amor del Reino de Dios y el servicio de los hombres.

1600 Corresponde a los obispos conferir el sacramento del Orden en los tres grados.

CATECISMO: Efectos del sacramento del Orden: carácter indeleble, gracia del Espíritu Santo, nn. 1581-1589

CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA
VII. Efectos del sacramento del Orden

El carácter indeleble

1581 Este sacramento configura con Cristo mediante una gracia especial del Espíritu Santo a fin de servir de instrumento de Cristo en favor de su Iglesia. Por la ordenación recibe la capacidad de actuar como representante de Cristo, Cabeza de la Iglesia, en su triple función de sacerdote, profeta y rey.

1582 Como en el caso del Bautismo y de la Confirmación, esta participación en la misión de Cristo es concedida de una vez para siempre. El sacramento del Orden confiere también un carácter espiritual indeleble y no puede ser reiterado ni ser conferido para un tiempo determinado (cf Concilio de Trento: DS 1767; LG 21.28.29; PO 2).

1583 Un sujeto válidamente ordenado puede ciertamente, por causas graves, ser liberado de las obligaciones y las funciones vinculadas a la ordenación, o se le puede impedir ejercerlas (cf CIC can. 290-293; 1336, §1, 3 y 5; 1338, §2), pero no puede convertirse de nuevo en laico en sentido estricto (cf. Concilio de Trento: DS 1774) porque el carácter impreso por la ordenación es para siempre. La vocación y la misión recibidas el día de su ordenación, lo marcan de manera permanente.

1584 Puesto que en último término es Cristo quien actúa y realiza la salvación a través del ministro ordenado, la indignidad de éste no impide a Cristo actuar (cf Concilio de Trento: DS 1612; 1154). San Agustín lo dice con firmeza:

«En cuanto al ministro orgulloso, hay que colocarlo con el diablo. Sin embargo, el don de Cristo no por ello es profanado: lo que llega a través de él conserva su pureza, lo que pasa por él permanece limpio y llega a la tierra fértil [...] En efecto, la virtud espiritual del sacramento es semejante a la luz: los que deben ser iluminados la reciben en su pureza y, si atraviesa seres manchados, no se mancha» (In Iohannis evangelium tractatus 5, 15).

La gracia del Espíritu Santo

1585 La gracia del Espíritu Santo propia de este sacramento es la de ser configurado con Cristo Sacerdote, Maestro y Pastor, de quien el ordenado es constituido ministro.

1586 Para el obispo, es en primer lugar una gracia de fortaleza ("El Espíritu de soberanía": Oración de consagración del obispo en el rito latino [Pontifical Romano: Ordenación de Obispos, presbíteros y diáconos. Ordenación de Obispo. Oración de la Ordenación, 47]): la de guiar y defender con fuerza y prudencia a su Iglesia como padre y pastor, con amor gratuito para todos y con predilección por los pobres, los enfermos y los necesitados (cf CD 13 y 16). Esta gracia le impulsa a anunciar el Evangelio a todos, a ser el modelo de su rebaño, a precederlo en el camino de la santificación identificándose en la Eucaristía con Cristo Sacerdote y Víctima, sin miedo a dar la vida por sus ovejas:

«Concede, Padre que conoces los corazones, a tu siervo que has elegido para el episcopado, que apaciente tu santo rebaño y que ejerza ante ti el supremo sacerdocio sin reproche sirviéndote noche y día; que haga sin cesar propicio tu rostro y que ofrezca los dones de tu santa Iglesia, que en virtud del espíritu del supremo sacerdocio tenga poder de perdonar los pecados según tu mandamiento, que distribuya las tareas siguiendo tu orden y que desate de toda atadura en virtud del poder que tú diste a los apóstoles; que te agrade por su dulzura y su corazón puro, ofreciéndote un perfume agradable por tu Hijo Jesucristo» (San Hipólito Romano, Traditio Apostolica 3).

1587 El don espiritual que confiere la ordenación presbiteral está expresado en esta oración propia del rito bizantino. El obispo, imponiendo la mano, dice:

«Señor, llena del don del Espíritu Santo al que te has dignado elevar al grado de presbítero para que sea digno de presentarse sin reproche ante tu altar, de anunciar el Evangelio de tu Reino, de realizar el ministerio de tu palabra de verdad, de ofrecerte dones y sacrificios espirituales, de renovar tu pueblo mediante el baño de la regeneración; de manera que vaya al encuentro de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo, tu Hijo único, el día de su segunda venida, y reciba de tu inmensa bondad la recompensa de una fiel administración de su orden» (Liturgia Byzantina. 2 oratio chirotoniae presbyteralis: «Eukológion to méga»).

1588 En cuanto a los diáconos, "fortalecidos, en efecto, con la gracia [...] del sacramento, en comunión con el obispo y sus presbíteros, están al servicio del Pueblo de Dios en el ministerio de la liturgia, de la palabra y de la caridad" (LG 29).

1589 Ante la grandeza de la gracia y del oficio sacerdotales, los santos doctores sintieron la urgente llamada a la conversión con el fin de corresponder mediante toda su vida a aquel de quien el sacramento los constituye ministros. Así, S. Gregorio Nacianceno, siendo joven sacerdote, exclama:

«Es preciso comenzar por purificarse antes de purificar a los otros; es preciso ser instruido para poder instruir; es preciso ser luz para iluminar, acercarse a Dios para acercarle a los demás, ser santificado para santificar, conducir de la mano y aconsejar con inteligencia (Oratio 2, 71). Sé de quién somos ministros, donde nos encontramos y adonde nos dirigimos. Conozco la altura de Dios y la flaqueza del hombre, pero también su fuerza (Oratio 2, 74). [Por tanto, ¿quién es el sacerdote? Es] el defensor de la verdad, se sitúa junto a los ángeles, glorifica con los arcángeles, hace subir sobre el altar de lo alto las víctimas de los sacrificios, comparte el sacerdocio de Cristo, restaura la criatura, restablece [en ella] la imagen [de Dios], la recrea para el mundo de lo alto, y, para decir lo más grande que hay en él, es divinizado y diviniza (Oratio 2, 73).

Y el santo Cura de Ars dice: «El sacerdote continua la obra de redención en la tierra» [...] «Si se comprendiese bien al sacerdote en la tierra se moriría no de pavor sino de amor» [...] «El sacerdocio es el amor del corazón de Jesús» (B. Nodet, Le Curé d'Ars. Sa pensée-son coeur, p. 98).

CATECISMO: Quién puede recibir este sacramento, nn. 1577-1580

CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA
VI. Quién puede recibir este sacramento

1577 "Sólo el varón (vir) bautizado recibe válidamente la sagrada ordenación" (CIC can 1024). El Señor Jesús eligió a hombres (viri) para formar el colegio de los doce Apóstoles (cf Mc 3,14-19; Lc 6,12-16), y los Apóstoles hicieron lo mismo cuando eligieron a sus colaboradores (1 Tm 3,1-13; 2 Tm 1,6; Tt 1,5-9) que les sucederían en su tarea (San Clemente Romano, Epistula ad Corinthios 42,4; 44,3). El colegio de los obispos, con quienes los presbíteros están unidos en el sacerdocio, hace presente y actualiza hasta el retorno de Cristo el colegio de los Doce. La Iglesia se reconoce vinculada por esta decisión del Señor. Esta es la razón por la que las mujeres no reciben la ordenación (cf Juan Pablo II, Mulieris Dignitatem 26-27; Id., Carta ap. Ordinatio sacerdotalis; Congregación para la Doctrina de la Fe decl. Inter insigniores; Id., Respuesta a una duda presentada acerca de la doctrian de la Carta Apost. "Ordinatio Sacerdotalis").

1578 Nadie tiene derecho a recibir el sacramento del Orden. En efecto, nadie se arroga para sí mismo este oficio. Al sacramento se es llamado por Dios (cf Hb 5,4). Quien cree reconocer las señales de la llamada de Dios al ministerio ordenado, debe someter humildemente su deseo a la autoridad de la Iglesia a la que corresponde la responsabilidad y el derecho de llamar a recibir este sacramento. Como toda gracia, el sacramento sólo puede ser recibido como un don inmerecido.

1579 Todos los ministros ordenados de la Iglesia latina, exceptuados los diáconos permanentes, son ordinariamente elegidos entre hombres creyentes que viven como célibes y que tienen la voluntad de guardar el celibato "por el Reino de los cielos" (Mt 19,12). Llamados a consagrarse totalmente al Señor y a sus "cosas" (cf 1 Co 7,32), se entregan enteramente a Dios y a los hombres. El celibato es un signo de esta vida nueva al servicio de la cual es consagrado el ministro de la Iglesia; aceptado con un corazón alegre, anuncia de modo radiante el Reino de Dios (cf PO 16).

1580 En las Iglesias orientales, desde hace siglos está en vigor una disciplina distinta: mientras los obispos son elegidos únicamente entre los célibes, hombres casados pueden ser ordenados diáconos y presbíteros. Esta práctica es considerada como legítima desde tiempos remotos; estos presbíteros ejercen un ministerio fructuoso en el seno de sus comunidades (cf PO 16). Por otra parte, el celibato de los presbíteros goza de gran honor en las Iglesias orientales, y son numerosos los presbíteros que lo escogen libremente por el Reino de Dios. En Oriente como en Occidente, quien recibe el sacramento del Orden no puede contraer matrimonio.

CATECISMO: El ministro de este sacramento, nn. 1575-1576

CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA
V. El ministro de este sacramento

1575 Fue Cristo quien eligió a los Apóstoles y les hizo partícipes de su misión y su autoridad. Elevado a la derecha del Padre, no abandona a su rebaño, sino que lo guarda por medio de los Apóstoles bajo su constante protección y lo dirige también mediante estos mismos pastores que continúan hoy su obra (Prefacio de Apóstoles I: Misal Romano). Por tanto, es Cristo "quien da" a unos el ser apóstoles, a otros pastores (cf. Ef 4,11). Sigue actuando por medio de los obispos (cf LG 21).

1576 Dado que el sacramento del Orden es el sacramento del ministerio apostólico, corresponde a los obispos, en cuanto sucesores de los Apóstoles, transmitir "el don espiritual" (LG 21), "la semilla apostólica" (LG 20). Los obispos válidamente ordenados, es decir, que están en la línea de la sucesión apostólica, confieren válidamente los tres grados del sacramento del Orden (cf DS 794 y 802; CIC can. 1012; CCEO, can 744; 747).